22.4.07

Un cuento para la vida de Marina por N. Vilela

I
Hubo una vez una niña llamada Marina. Tenía el pelo castaño y los ojos grandes y verdes como dos uvas. Vivía con su padre, su madre y su hermana en una casa llena de libros y de música. María, su madre, que siempre había esperado tener un varón, solía tratar a Marina con rigor y frialdad. Marina, sin conocer aquellas esperanzas de su madre, imaginaba en soledad que era hija de una monja o de un demonio. María era pianista, y al descubrir que Marina tenía un oído bien desarrollado, comenzó a alentarla para que se dedicara a la música. Marina prefería leer y escribir, pero, para satisfacer a su madre, se anotó en un curso de piano.
Tan curiosa era Marina y con tanto asombro recorría las bibliotecas de la casa, que sus padres decidieron prohibirle los libros que no fueran para niños. Pero ella, con una antigua linterna en la oscuridad de su cuarto, continuó leyendo. Y así descubrió la historia de amor entre Eugenio y Tatiana….Se trata de un banco en el bosque. En el banco está sentada Tatiana. Después llega Eugenio, pero no se sienta. Tatiana se levanta. Los dos se quedan parados: ella no dice nada él habla sin parar. Después ella se va. Marina entendió que él no la amaba y que por eso no se sentó: era Tatiana la que amaba y por eso se levantó.
Después de un tiempo ocurrió que, a causa una terrible enfermedad, María tuvo que pasar tres años recuperándose en algunos hermosos países del sur. Marina, que viajaba como acompañante, logró aprender distintos idiomas con rapidez. ¡Qué cosas no soñaba Marina hablando en esas lenguas prodigiosas mientras cuidaba a su madre! Su cuarto se convertía en un palacio capaz de reunir a todos los niños y gigantes del mundo con sólo tocar una cuerda en su voz. Con los párpados a punto de bajar su pesado telón sobre cada uno de los ojos, Marina encargaba un sueño en voz alta para ver si se cumplía. Los ojos se cerraban con valentía en la oscuridad. Marina sentía que en ese momento podían quitarle cualquier cosa (un libro, un terrón de azúcar, una estatuita de bronce, un pedazo de pan) y a ella no le hubiera importado --- cualquier cosa menos la voz. Cuando volvieron a su país natal, en un pueblo alejado y poblado de árboles, María murió; y Marina empezó a rezar.


II
Marina empezó a escribir sus propias poesías. Cada persona que las leía –y no sólo su familia- se quedaba maravillado. Al poco tiempo de abandonar la escuela, se casó con un soldado llamado Serguei y tuvieron tres hijos: Alia, Irina y Georgui. Su país vivía una guerra cruel y monstruosa. Y Serguei combatía en uno de los dos bandos. Marina estaba atenta a todo lo que ocurría, pero pensaba que en las guerras todo estaba perdido desde el principio. Cuando Serguei tuvo que viajar con el ejército, Marina se quedó en la ciudad con Irina y con Alia. La guerra había destruido toda la ciudad y en la casa de Marina no tuvieron nada para comer. Entonces, para alimentar a los niños, Marina empezó a vender sus cosas. Las dos niñas estaban enfermas. En invierno, las paredes del cuarto se llenaban de escarcha y la estufa se calentaba con las maderas que Marina cortaba de su propio altillo. Irina, la hija más pequeña de Marina, murió después de unos días. Marina se sintió culpable porque, justo en aquel momento, ella estaba ocupándose de la enfermedad de Alia. Tiempo después, Marina viajó para encontrarse con Serguei, que escapaba de la derrota de su ejército. Aunque no tenía una casa donde quedarse, Marina siguió trabajando en medio del frío y del hambre. Escribió poemas, ensayos, cartas y diarios. De esas cartas varias fueron para un amigo muy importante que se llamaba Boris y para a un escritor alemán muy conocido que se llamaba Rainer. Entre sus poesías, hay dos versos que dicen: “Llegué y vi: la vida es una estación // inútil deshacer las maletas”.


III
Cuando volvió a su país, Marina se enteró de que su marido había matado a un general muy importante. La policía vino a buscarla y ella se tuvo que mudar a un hotel. ¡No podía pensar que su marido hubiera hecho algo así! Marina lloraba y no le creían. A Serguiei se lo llevaron a trabajar como esclavo a un campo. A Alia la confundieron con una espía extranjera y la llevaron a otro campo. Durante largos meses, Serguiei y Alia tuvieron que responder preguntas. Los maltrataron. Les pegaban. Al poco tiempo, fusilaron a Serguiei y a Alia la condenaron a trabajar duramente por siete años en ese lugar. Por protección, a Marina y Georgui los habían llevado a una ciudad de las afueras. No tenían dinero. El alimento era tan poquito que apenas podían comer de vez en cuando. Nunca les había sobrado comida para mandarla en un paquete a los campos. Al tercer día de viaje, Marina se ahorcó con una cuerda que su amigo Borís le había dado para atar una valija. Antes de morir, dejó una nota confusa y cariñosa para su hijo Gueorgui.

1 comentario:

Lorena Carvajal dijo...

Y quien es Marina.
Esta historia, tan triste, es real?


Nada motivador el cuento, al contrario, deja un sinsabor.